La Langosta Puerto Nuevo es un platillo cuya sola mención entusiasma los sentidos. Un placer tan sencillo como grandioso que escribe la energía de una cultura de migrantes y el esplendor de una tierra llena de sorpresas e increíbles vivencias
«El nombre de Puerto Nuevo no hacía referencia precisamente a una zona portuaria. Ese término se empezó a usarse más y más cuando la gente comenzó a frecuentar el lugar para consumir la langosta. Es que en aquella época, en los años 50 del siglo pasado, había un letrero en la carretera que anunciaba los cigarrillos Newport.

«Cuando algunos pedían referencia sobre cómo llegar, lo más común es que les indicaran doblar justamente en el punto donde se veía el espectacular. Así, poco a poco, la gente empezó a hablar de Newport, o Puerto Nuevo, que es como finalmente acabó llamándose el lugar», dice Alan Bautista Plascencia, director de La Casa de la Langosta y tercera generación del afamado concepto, la langosta Puerto Nuevo, que ha convertido desde hace década a este punto en un destino gastronómico inconfundible.

Ubicado entre Tijuana y Ensenada, Puerto Nuevo es hoy un referente para locales y visitantes que desean disfrutar de una vivencia que no tendrán en ninguna otra parte del mundo: la langosta acompañada con frijoles y arroz, además de las inconfundibles tortillas de harina, las famosas sobaqueras surgidas en Sonora, pero que desde luego ya tienen carta de naturalización en estas tierras de la Baja California.

Su ubicación estratégica le da una jerarquía especial en el mapa culinario de la región, además de que sus pobladores han sabido consolidar en él un concepto turístico lleno de color, ambiente y hospitalidad, con el entorno incomparable del Océano Pacífico.
En este ambiente festivo que siempre anima a celebrar con un tradicional Margarita o, desde luego, con un vino de alguno de los valles ensenadenses, es tiempo de disfrutar de la original Langosta Puerto Nuevo, ya sea en La Casa de la Langosta, La Casa de la Langosta Bistro o el los restaurantes Puerto Nuevo y Puerto Nuevo II, expresión actual de la gran herencia perfilada por la primera generacion de los Plascencia como resultado de esa fusión y simbiosis de historias, de búsquedas, de hallazgos y de afortunados encuentros que se escriben en las fronteras y a través de las migraciones.

«Somos los mismos, y la misma familia, en cualquiera de nuestros restaurantes pueden disfrutar la langosta en los mismos términos en que la concibieron los abuelos, José Plascencia y Susana Díaz, cuando los turistas buscaban algo de comer en sus paseos de pesca y ellos les ofrecían precisamente la pesca del día y los guisos que se tenían a la mano. Ese es el origen de la langosta Puerto Nuevo. Seguimos trabajando en torno a esta tradición, que además es algo que entusiasma a todos los visitantes y a los locales», comenta Alan, quien además funge como Presidente de la Canirac en esta localidad.

Por muchos años su tía Rosa María Plascencia, hija de los creadores de la langosta Puerto Nuevo, fungió como tenaz promotora y embajadora de este concepto culinario y de la propuesta restaurantera de la localidad, animando a los viajeros a visitar este hermoso pueblo y gozar de la sencilla magnificencia de su cocina. Una de las actividades que sin duda se recuerdan es el festival anual que se realizaba en la Ciudad de México, en La Hacienda de los Morales, donde los comensales podían disfrutar de la clásica langosta preparada por Rosa María y su equipo de cocineros.
Rosa María falleció en 2019, dejándonos sin embargo un legado vivo de entusiasmo y orgullo por todo lo que representa la langosta Puerto Nuevo en la definición de una comunidad y en la crónica de la alimentación y la cultura gastronómica de Baja California.

Rosa María solía comentar sobre toda la suma de circunstancias que fueron determinantes de la creación de este platillo, que es resultado de la presencia de los migrantes que no dieron el paso decisivo hacia los Estados Unidos, y que con sus costumbres, herencias y guisos de familias, contando además con la presencia del trigo y la tortilla de harina, legado sonorense, establecieron la ecuación para que este brillante fenómeno culinario, de interacción nacional y binacional, tuviera efecto.

Hoy una tercera generación, la de Alan Bautista Plascencia, continúa esta tradición y este oficio de servicio, de restauración en la connotación más esencial de la palabra, brindándonos a través de sus distintos espacios restauranteros la plenitud y la riqueza que es, por si solo, motivo de fiesta, con los acentos de esos frijoles y ese arroz que siempre saben a hogar, a cariño, a ingenio; además del complaciente acompañamiento de una cerveza o alguno de los vinos ensenadenses, complacientes y voluptuosos para una ocasión en la que el horizonte marino es el remate de esta irresistible seducción.
